Pobre hombre 1


Ahí estaba el pobre hombre, sentado en su pobre banco de siempre y con los pobres bolsillos llenos de pan, continuando así con la agreste tradición de sustentar los inflados buches de ratas voladoras. O quizá solo paseaba, ya casi no me acuerdo, no se le presta mucha atención a estas cosas, por desgracia.

Algún momento se le pasó muy rápido, algún instante pasó corriendo, esquivando sus toscas maneras y lo dejó ahí, solo y colgado, deseando un poquito más de una vida que se le escapaba.

El viento lo zarandeaba y le metía polvo en los ojos, polvo de ciudad marchita, que escuece mucho y no se va por mucho que frotes. Frota que te frota ahí sigue ese pertinaz polvillo de a saber qué.

Pero, ¡Eureka! ¡Albricias! ¡Clarines y timbales! No está solo el condenado y más reos vienen a unírsele, parece que después de todo el hombre lo ha conseguido, y ahora no es un hombre, sino un chaval. Salta y ríe, se desmelena, arroja todo el pan al lago, como furioso consigo mismo, por haber estado haciendo esas cosas de viejos tan aburridas.

No lleva gorra, ni gafas de sol, ni va vestido a la moda, ni falta que le hace. Tampoco lleva bastón, porque ahora es un niño, y no le hace falta, le sobra con el vigor de sus piernas, le basta con el empuje de su corazón.

Ha descubierto en un precioso instante el valor de lo que lo rodea, ha comprendido que la soledad es un amigo esquivo y traicionero que no hace prisioneros, que solo desata males, como la violencia engendra violencia, la soledad a los fantasmas.

Nunca más piensa volver a su pobre banco, a llenarse los pobres bolsillos de pan, ni a ser una pobre alma, desahijándose a sí misma.


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