El gobierno de los injustos (o la llegada del lobo)


Para mucha gente la cosa va de banderas; todo esto es por una bandera, un trocito de tela que nos mantiene unidos, y también va de locos, locos que quieren partir cosas y que nos despojan de identidades que se dan por sentadas, que se supone están ahí manteniendo estructuras unidas y en armonía.

Todo salió bien, ganamos la batalla, los malos perdieron, vosotros, nuestro pueblo, por fin tenéis las riendas de vuestro propio destino. No hay pestañeos y nos echamos a dormir mientras el color sustituye poco a poco al blanco y al negro. Una, grande y libre. Y te lo puedo repetir, una y mil veces, porque sé lo que me digo, porque tus hijos y tus nietos lo creerán a pies juntillas y lo corearán en mi nombre, con palabras que yo inventé, a las que yo mismo di forma para que no escaparan a mi control, porque de otro modo tendría miedo, y prefiero que lo tengan otros.

Luego toca escribirlo en un papel: “eres un alma valiente, mereces volar, mereces el horizonte, fría la mirada, sucio el volante, haz tu poesía, desgasta el parco semblante, allí están los márgenes, no se ven, pero los tienes delante. Qué bonito es formar parte de algo grande. Qué bonito es decir que puedes salir a la calle junto a otros a proclamar lo que deseas, cuando en realidad no puedes, que bonito es gritar ¡Que viene el lobo! desde la guarida de alimañas. Qué bonito es sacar a relucir los pequeños detalles, esos que te exaltan y te distraen de lo que realmente importa, de lo que en realidad significa ser un pueblo”.

“Ser un pueblo es estar unidos, ¿estamos unidos? No se consiguió, le estás cantando a los fantasmas. Jamás podría creerte. Ser un pueblo es poder ser uno solo, sin que haga falta gritarlo y pelearlo, ser un pueblo es ser consciente, es ser inerte, es ser viviente, es ser el justo, es ser pudiente. No me digas que puedo, cuando en realidad no puedo, no me digas lo que siento, cuando en realidad no siento”.

Las ideas crecen como las hierbas, como las malas y como las buenas. El sol y el agua sientan bien, dan un precioso tono verde que no es perfecto en ningún caso pero que queda bonito y luce bastante bien. La sombra, por el contrario, el frío, el poco alimento, y la tierra sin barbecho  acaban por desgastar una cosecha, y entonces brotan otras cosas. Brotan cosas que se escapan al control, brota indignación, poco a poco y en todas partes hasta que en algún sitio esa banderita se rasga, porque alguien se da cuenta de que en realidad no está dando calor, no está impidiendo el paso del frío, el jardín se está pudriendo. España soterrada, para que me entendáis.

Cuando te gobiernan los injustos se suceden las injusticias, es inevitable,  una tras otra, cascadas y cascadas de injusticias y cállate que con el bajito estábamos mejor (o peor) y, ante la queja, “Que viene el lobo, que viene el lobo”. ¿No es posible luchar por lo indignante? ¿No entiendes que las voluntades se harten? Gritar con orgullo es lo más, pero si tienes frío y estás malito agarras y te vas a gritar a otra parte en la que haya más sol. ¿Qué pasa? ¿No tienes derecho? Vaya, si se suponía que lo tenías. No debemos estar tan bien (o mal). Parece que viene el lobo.

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