El día en que perdí un derecho fundamental


Hay momentos en los que las sociedades cambian, en los que cambian las sensibilidades y las conciencias. A veces para mejor y, en otras desgraciadas ocasiones para peor. Este puede ser uno de estos últimos casos, aunque resulte difícil de creer en un mundo en el que tenemos acceso a toda la información en la palma de nuestra mano. Este puede ser recordado como el día en que perdí un derecho fundamental.

Está en debate la capacidad de un pueblo de responder a las injusticias, y un servidor no está seguro de que el pueblo (el demos de democracia) esté ganando la batalla. Mientras el debate sobre acoso y escrache salta a la palestra es posible que muy poca gente se esté dando cuenta de la sutileza con la que se está robando de nuestras conciencias la capacidad de la sociedad de defenderse a sí misma de las injusticias de sus gobernantes.

Asumida en nuestra psique está la capacidad de los habitantes de un país de levantarse con furia implacable cuando aquellos que rigen nuestros destinos se comportan de manera intolerable, corrupta o amoral, hasta ahí todos coincidimos y conocemos el valor de una protesta o un escrache. Sirve, ni más ni menos, que para poner las cosas en su sitio y recordarle a tal o cual servidor público para quién trabaja, recordarle que no puede robar lo que no es suyo, que no puede conceder lo que no le pertenece ni vivir por encima de las posibilidades, que, al igual que su pueblo, le ha tocado vivir.

Pero hoy, día 19 de agosto de 2020, tenemos al mismo nivel en todas las tertulias, en todas las redes sociales, un discurso que equipara la posibilidad de atacar a figuras políticas (Pablo Iglesias e Irene Montero en el día de hoy, al abrir esta puerta mañana puede ser cualquiera) del espectro opuesto con una protesta legítima. Si eres de esos que dicen algo como “yo condeno toda la violencia, pero se lo tienen merecido” un servidor te avisa: acabas de perder la conciencia de lucha social contra una injusticia legítima, acabas de mandar a la mierda la revolución francesa y la capacidad de defenderte de las agresiones que la corrupción real inflige a tu país. El cambio ha sido sutil, una simple confrontación dialéctica, solo palabras. Acabas de minimizar y quitarle valor a la posibilidad de salir a la calle para exigir una solución o una mejora en la ley y has justificado el acoso. Acabas de dar un paso atrás que todos lamentaremos en algún momento. Y esto puede hacerse simplemente utilizando palabras. Sin que te enteres, así funciona la información hoy en día, quizá siempre ha funcionado así pero ahora se puede ver de una manera más despiadada.

Si lees esto y no estás de acuerdo, es probable que vuelen por tu imaginación pensamientos que aludan a otros temas, discusiones sobre lo que hicieron unos o hicieron otros, guerra de guerrillas. Precisamente ahí está el juego, ahí está la trampa dialéctica que lleva perfeccionándose y gestándose ya unos cuantos años. Deja a un lado comparaciones por esta vez y recuerda que esto es solo un aviso. No un reproche ni una batalla, no es un señalamiento de culpables. Tan solo recordarte que, mientras pones excusas e intentas colocarte en un bando, tu mentalidad y tu idiosincrasia acaban de cambiar y, algo que hasta ahora tenías claro (como es la capacidad de una patria de defenderse ante las injusticias), acaba de volatilizarse delante de tus narices. Desde ese punto de vista ahora puedes comparar todo tipo de protestas y decir a voz en grito que todas son deleznables. ¿Qué acaba de pasar? Ni más ni menos que ya no existe en tu discurso la diferencia entre una causa justa y una injusta. Ya no está permitido en tu mente la posibilidad de salir a protestar cuando tus gobernantes te atracan porque “todas las protestas son condenables” “todos son iguales” y “los extremos se tocan”. Te acaban de colar una trampa dialéctica, un fallo en Matrix, acaban de cambiar tu concepción de la sociedad. Puedes negarlo, pero es irrelevante, ha ocurrido de todas formas. Así es como se hace, así es como se prepara a un país para recortar un derecho social y domesticarlo. Y eso solo se hace con un manejo cuidadoso de la información que, por desgracia, en estos instantes parece ser el principal enemigo de la gente informada.

 

 

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