Acto III


Encontrábame en la astillada cubierta de un destartalado navío bajo las órdenes de un experimentado marinero curtido en batalla, aquellos largos años de guerra habían dejado en su mente graves secuelas, pues a menudo farfullaba frases sin sentido. 

Llevábamos varios días a la deriva en algún punto del Pacífico, cuando el cielo, amenazante, se oscureció; se avecinaba tormenta. La mar comenzó a agitarse enfurecida y del cielo caían rayos indiscriminadamente, en el horizonte se podía ver como surgía un terrible ciclón.
Nuestro beodo capitán dio paso a sus necias habilidades y con la más severa incompetencia ordenó al timonel avanzar sin demora hacia el centro de la tormenta:
-¡Dirige el navío hacia el ojo del huracán, allí estaremos a salvo!
-Pero señor…- dije desconcertado. -¡Obedece haragán!- replicó nuestro torpe capitán. Las coléricas olas acometían contra la proa desmenuzando el viejo barco, la muerte nos acechaba…

Desperté con la cara desencajada y tembloroso sobre un charco de babas. Había sido un mal sueño y la resaca era atroz; seguía vivo aunque deseaba la muerte… ¡Maldito garrafón!

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