Acto II 2


Hallábame en una inquietante tesitura: ¿Vino o cerveza? ¿Carne o pescado?
Me encontraba en un elegante restaurante y, después de un efímero instante de duda, cedí a mis instintos:

-Vino tinto y un entrecot al punto- dije. El camarero se alejó sonriente, pensando en el palo que me iban a dar al bolsillo; dio paso al sommelier, que trajo consigo un exquisito elixir digno de un dios.

Cuando me disponía a atacar el delicioso trozo de carne, sentí la mirada inquisidora de un extraño individuo; yo, con mi torpe arrogancia, le aguanté la mirada desafiante, cometí un error; fue entonces cuando se abalanzó sobre mi con los ojos inyectados en sangre y comenzó a divagar sobre la inmoralidad de comer carne. Ensimismado le escuché con gran interés, no debí hacerlo.
Con su indiscutible verborrea me cautivó.

Ahora soy vegano, estoy famélico, tengo hipoglucemia y me desmayo a menudo. ¡Dios llévame pronto!


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